Resulta mísero e inmisericorde que una película que defiende la pureza del cine por encima de todo, acabe viendo postrada su distribución en beneficio de las grandes producciones que no aspiran más que a recaudar dinero. El cine como arte frente al cine como industria, está claro que acaba perdiendo el primero. Así, los que amamos el cine nos sentimos indignados cuando las salas proyectan basuras huecas y rehúyen clásicos reinventados como “The Artist”.
En 1931, cuando el sonoro estaba consolidado y las viejas glorias del mudo vivían abocadas a la bebida y al suicidio, Charles Chaplin se aventuró a rodar una proeza, una joya del Séptimo Arte sin mediar palabra, con el afán preciso de reivindicar la esencia del cine, en el que una imagen valía más que mil palabras, un mero gesto era suficiente para transmitir una emoción, una mirada llegaba al alma. ¿Por qué en pleno siglo veintiuno va a resultar extraño que alguien haga lo mismo? ¿Por qué no ha de ser loable la proeza de acometer un filme mudo en blanco y negro? Ojalá hubiera más gente así dentro del cine, que pensase primero en el arte y su significado y por último en hacer dinero.
No hay comentarios:
Publicar un comentario